Estamos hechos de carne y colgajos, rastros de serrín y rastros de hidromiel. Somos la ambrosía abandonada en la nevera de los dioses, esferas luminosas bajo el agua, calambres en el apagón, relámpagos en la tormenta dibujada. Todos mezclados salvo apenas un poco, un rato, un tiempo, indistinguibles en algarabía de monos lampiños. Estás hecho de carne a menos cuarto. Estás hecho de delirios e invención.
Hablemos del aura, claro, como aceite de brujas en los mares agitados del teléfono, como esperpentos ceruminosos en combustión espontánea, como el cerco de las hadas capturado en una foto de familia. Hablemos del aura. Hablemos del lugar a medianoche. Hablemos de las flores tatuadas en la espalda del silencio. Hablemos del aura. Hablemos de la carne.
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