miércoles, 7 de enero de 2026

Toda tu familia está hecha de carne y colgajos, con algo de zumo y un aura de color indefinido, como de guano cosechero, excepto los muertos, claro está, que esos tienen color hueso de foca y algún colgajo, y caminan con los chakras desatados y por eso tropiezan, los pobres, acabando a piezas por todo el parqué hasta que el niño -mi pobrecito- los recompone como dios lo da a entender. Así estáis todos mezclados, vivos y muertos, pero los muertos también mezclados entre sí, ya no hechos de carne, secos, como la baraja de Fournier, envido, dicen, envido, y el aura se les pone color de risa.
Estamos hechos de carne y colgajos, rastros de serrín y rastros de hidromiel. Somos la ambrosía abandonada en la nevera de los dioses, esferas luminosas bajo el agua, calambres en el apagón, relámpagos en la tormenta dibujada. Todos mezclados salvo apenas un poco, un rato, un tiempo, indistinguibles en algarabía de monos lampiños. Estás hecho de carne a menos cuarto. Estás hecho de delirios e invención.
Hablemos del aura, claro, como aceite de brujas en los mares agitados del teléfono, como esperpentos ceruminosos en combustión espontánea, como el cerco de las hadas capturado en una foto de familia. Hablemos del aura. Hablemos del lugar a medianoche. Hablemos de las flores tatuadas en la espalda del silencio. Hablemos del aura. Hablemos de la carne.

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